cultura oficial

2 02 2010

 

Hace años, en la época del fallecido de El Pardo, había quienes buscaban contradicciones en los propios términos que con frecuencia se empleaban en aquella época, y se decía, de forma jocosa, que no podía haber una democracia orgánica, ni una inteligencia militar, ni un almirante liberal.

En definitiva lo que se afirmaba era que cuando a un sustantivo con entidad se le ponía al lado un calificativo, lo que se hacía era limitarlo y al mismo tiempo devaluarlo.

Los regímenes siempre han necesitado inventarse una suerte de fórmulas imitativas de lo que se hace en otros ámbitos de libertad, porque necesitan crearse una identidad de la que carecen y no les basta con ser represores de la imaginación, la creatividad y la iniciativa privada. Esa es la razón por la que siempre ha existido una “cultura oficial” financiada, protegida, sometida y distinta a la cultura sin apellidos.

Pero por suerte, todas las sociedades tienen inoculado el virus de la libertad y en todas ellas – incluso en la represiva China en la que durante decenios el pensamiento único estaba en el libro rojo de Mao – hay disidentes de la opresión, gente que no acepta que le impongan un código de conducta que le indique cómo debe pensar.

En Cataluña, donde muchos ciudadanos aguantan lo que le echen, algunos empresarios de distribuidoras de cine, han reaccionado en contra de la imposición del tripartito de doblar obligatoriamente y con su dinero todas las películas al catalán. Es una cuestión económica pero gracias a la rebelión de los que no consienten que se juegue con su dinero se está debatiendo una cuestión política y de libertades.

Europa es un espacio que se define por el respeto a las libertades y la observancia de la libre competencia.

Europa no tiene orejeras ni piensa mirándose al ombligo.

Europa sabe sumar esfuerzos y voluntades, pero se resiste inteligentemente a dar pábulo a las reivindicaciones reduccionistas de los nacionalismos.

Europa es un club político y económico que conoce el camino que entre todos sus países miembros deben recorrer para no perder su influencia y estar en el nivel de respetabilidad que le compete para seguir siendo tomada en serio.

Europa aspira a que los ciudadanos de la Unión se consideren europeos, que no es una condición menor.

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