un año después

20 11 2012

Hace un año que Rajoy ganó las elecciones y si hoy se volviesen a celebrar diez de cada cien españoles que hace un año votaron al PP  no lo harían. Eso es lo que dicen las encuestas y cosas peores se escuchan en las conversaciones en la calle.

El gobierno no aguanta las hemerotecas ni videotecas porque prácticamente todo lo que dijeron antes de ganar las elecciones no se sostiene hoy ni con palabras ni con hechos, y aunque lamentan  haber tenido que hacer lo contrario de lo que prometieron, no es suficiente decir lo siento, sobre todo cuando siempre existe un margen para elegir dónde se aprieta más.

El desgaste del ejecutivo se ha notado de forma más rápida de lo que es habitual,  y lo normal en este tipo de situaciones es que la beneficiada de la desafección al gobierno fuese la oposición, pero nada más lejos de la realidad. Mientras que el PP baja en intención de voto, el PSOE se estanca. Este panorama me lleva a concluir que la gente ya no se fía ni de unos no de otros porque en el fondo saben que en estos momentos de crisis no existiría una notable diferencia entre lo que, en materia de control del déficit, está haciendo el gobierno y lo que se vería obligado a hacer el PSOE.

El panorama al que nos enfrentamos los españoles no es nada halagüeño no sólo porque la situación económica no mejora sino porque tampoco puede mejorar nuestra confianza en quienes están ahí para resolver nuestros problemas.

La pregunta que algunos se hacen – y hay que reconocerles algo de razón – es ¿en qué situación estaríamos en estos momentos ni el gobierno no hubiese hecho las reformas y los recortes que ha puesto en marcha en este año?, y la respuesta más plausible sería que estaríamos hace tiempo intervenidos y obligados a recortes mucho más duros como ha ocurrido en Grecia, Portugal o Irlanda.

Sin embargo lo que yo sí le reprocho al gobierno es que ha elegido hacer unas cosas y ha rechazado hacer otras y entre las que ha rechazado están acciones de ejemplaridad en la Administraciones Públicas, más control y exigencia a los bancos y a sus directivos (los gestores del Banco malo se podrán un sueldo de 500.000 €, y el gobierno lo consiente)  más medidas de ayudas a los emprendedores y sensibilidad social con los más desfavorecidos.

El balance de este año está muy desequilibrado.


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