las guerras inútiles

24 04 2010

   

A lo largo de la historia ha habido muchas guerras inútiles.

Algunas se ha producido  para ocupar tierras de otros, algunas para defenderse de peligros inminentes, algunas por venganzas de ofensas no olvidadas y todas ellas ha tenido un motivo, injusto o no, pero han resuelto un conflicto.

Las guerras más inútiles son aquellas que nunca resuelven nada, entre otras razones porque no existe ninguna posibilidad de acuerdo entre las partes una vez finalizado el conflicto militar.

Bien es cierto que cuando hablamos de guerras en este caso utilizamos el término en su acepción más genérica y menos militarista, porque por suerte no podemos imaginar en este tiempo que vivimos y en la Europa en la que convivimos, acciones que supongan enfrentamientos al uso de los siglos pasados.

No obstante conviene advertir de algunos riesgos.

En Bélgica el conflicto entre compatriotas lo ha generado el idioma: francófonos y flamencos han llegado a una situación en la que el desgobierno asola el presente de un país sobre el que le periódico Le Soir se pregunta si aun tiene sentido como tal.

El primer ministro belga, Yves Leterme, ha dimitido, el Rey Alberto II ha retrasado la aceptación de esta dimisión y sectores de ultraderecha se frotan las manos.

La guerra de las lenguas, de los idiomas, de las singularidades y diferencias son guerras inútiles aunque sirven para alimentar odios entre gente no solidaria y poco inteligente.

Voces preocupantes de alzan entre quienes ven peligrar al propio país.

La redactora jefa de Le Soir, Beatrice Delvaux, se preguntaba en un artículo con tintes dramáticos “¿Sigue teniendo sentido este país? Si la grave crisis creada persiste será síntoma de que no existen voluntades que hagan realidad esta idea.

En el fondo, una vez más la talla de los políticos se demuestra resolviendo problemas y no creándolos.





más debates y menos consignas

16 04 2010

 

La urgencia es casi siempre síntoma y causa de falta de rigor y dentro de los debates políticos que habitualmente se producen en los países de nuestro entorno las prisas constituyen la norma habitual.

Lo importante es no dejar que los ciudadanos piensen, o mejor dicho, que no se enteren de cuál es el pensamiento de quienes nos gobiernan, porque la estrategia política consiste en enviar mensajes cortos y sobre todo consignas que exciten las pasiones de unos contra otros y así recoger los frutos de una confrontación calculadamente provocada.

Se echan de menos discursos y debates claros y no mediatizados por los expertos en marketing o en agitación y propaganda.

En Inglaterra hace unas horas se ha celebrado por  primera vez un debate televisivo preelectoral entre los líderes de los tres principales partidos políticos. aunque la atención se ha centrado principalmente en la batalla entre el primer ministro Gordon Brown y el conservador David Cameron.

El diario The Independent ha sacado a portada el titular aparentemente exagerado “90 minutos para cambiar Inglaterra”.

Allí no tienen experiencia en debates de este tipo y tal vez por eso valoran con no disimulado énfasis la ocasión vivida. Los ciudadanos necesitan escuchar propuestas, reflexionar sobre lo que quienes quieren dirigirles les dicen, y convertirse en jueces que dirimen quien es el mas fiable y confiable.

La democracia es información y participación y  cada vez más resulta urgente que la información no sea tamizada sino que llegue sin limitaciones a los electores

En España tiene éxito un programa que no permite que nadie exprese una idea o una réplica más allá de 59 segundos. Periodísticamente es una fórmula de éxito porque obliga a la síntesis y a la expresión de las ideas sin hacer derivaciones innecesarias, pero los políticos que no debaten cara a cara sus propuestas se aprovechan de la desinformación de quienes deben votarles.

Si 90 minutos son suficientes para cambiar Inglaterra, tengamos mas debates en todos los países, incluida España, para que cambiemos muchas más cosas.